¿Qué es teatro contemporáneo?

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El teatro contemporáneo engloba toda la producción dramática del siglo XX. Con el declive de la aristocracia y el auge de la burguesía, surge un nuevo público para el teatro, que demanda temas y formas distintas al melodrama (que hasta entonces triunfaba en los escenarios). Por si fuera poco, el mundo se ve sacudido por dos guerras mundiales, que obligaron a muchos dramaturgos a tomar un punto de vista más social o político en sus obras. Las teorías varían mucho según la época y el país, pero hay una regla común a todo el teatro contemporáneo: se acabaron las normas del pasado.

Antecedentes del teatro contemporáneo: de Wagner a Marilyn Monroe

El teatro moderno se remonta en realidad al siglo XIX. En los escenarios triunfaban las divas Sarah Bernhardt y Eleonora Duse, y la mayoría de los espectadores iba al teatro para mirarse unos a otros en lugar de para ver la representación… En este contexto, Richard Wagner obliga a los teatros a apagar las luces de sala, y desarrolla el concepto ‘Gesamtkunstwerk’ (obra de arte total). Sostiene que se deben integrar la música, el teatro y las artes visuales, y que todos los elementos (luz, decorados, etc.) deben apoyar la obra, en lugar de estar relegados a un segundo plano detrás de los cantantes.

Un pensamiento parecido tenía el duque alemán Jorge II. Cuando se hace cargo de la compañía de Los Meininger, decide acabar con la tradición teatral del actor-divo, y aunar bajo un mismo criterio artístico las directrices actorales, la elección del repertorio y el resto de elementos escénicos que comprenden un espectáculo. Había surgido la figura del director de escena en el sentido moderno del término.

Así las cosas, el teatro alternativo de la época buscaba la verdad, tanto en escenografías, vestuarios y acciones, como en la interpretación de los actores. De este modo nace el naturalismo, con André Antoine a la cabeza. Pero la cúspide del naturalismo es el Teatro del Arte de Moscú, dirigido por Constantin Stanislavsky. Su búsqueda de la verdad se convirtió en el modelo europeo de teatro realista.

El otro gran movimiento alternativo de ese momento fue el simbolista. El principio fundamental del simbolismo es que lo que vemos en escena son solo apariencias. La única forma de alcanzar la realidad es mediante la intuición; por eso necesitamos símbolos. Los dos grandes teóricos del simbolismo son Adolphe Appia y el inglés Edward Gordon Craig.

Teatro contemporaneo Adolphe Appia Gordon Craig

Los impulsores del simbolismo y el teatro moderno: Adolphe Appia (a la izquierda) y Edward Gordon Craig.

Appia era un músico Suizo, que recibió una gran influencia de Wagner. Inspirado en la teoría del compositor, estableció que las obras debían ser ‘orgánicas’: música, palabra, cuerpo e imagen tienen que estar vivas e ir de la mano. Appia no lo sabía, pero acababa de sentar las bases del teatro moderno. Más aun, Adolphe pensaba que era la luz la que debía crear los distintos ambientes; una propuesta que desde entonces ha sido asumida por todos los directores.

Gordon Craig también parte de Wagner, aunque su teoría es más radical. Para él, el teatro, como obra de arte, debe ser creado por un artista (el director) que supervise los cuatro elementos que lo componen:

teatro contemporáneo Gordon Craig

Para Gordon Craig el teatro es una impresión que causa un texto dicho por unos actores, en un espacio concreto, acompañados por una determinada música.

Como simbolista, Craig también rechaza los decorados realistas y los telones pintados. En cambio, buscaba escenografías que impresionaran visualmente, aunque no tuvieran un significado concreto.

Mientras se estaba produciendo este desarrollo simbolista (que tuvo mucha influencia en los directores jóvenes de la época), las teorías de Stanislavsky llegaban al teatro norteamericano. En Nueva York, varios de sus discípulos fundaron el Actor’s Studio y su famoso ‘método’, al que más adelante se acogerían actores como Marlon Brando, Marilyn Monroe o Al Pacino.

Las vanguardias

Las vanguardias artísticas (el cubismo, el dadaísmo, el surrealismo, etc.) rompen con el pasado en muy poco tiempo e influyen extraordinariamente en el mundo del teatro.

Vsévolod Meyerhold se convierte en el líder de la vanguardia teatral rusa. Había sido discípulo y compañero de Stanislavsky, pero rechaza toda idea de realismo escénico. Meyerhold creó su propia teoría: la biomecánica, según la cual, el teatro se debe trabajar como si se tratase de una fábrica, donde los actores dominan su instrumento de trabajo: su propio cuerpo. En los montajes dirigidos por Meyerhold, los intérpretes iban vestidos con monos de trabajo, y era el público el que tenía que entender que la historia era tan solo una abstracción, y no la realidad.

Mientras, en Alemania, Bertolt Brecht da un paso más en el teatro contemporáneo hacia lo que él llama teatro épico. Busca romper la ilusión del teatro y que el espectador permanezca alerta, para que pueda mantener su capacidad crítica y juzgar lo que está pasando en escena. ¿Cómo? Usando apartes, introduciendo un narrador que de pronto detiene la obra y la comenta, con intervenciones musicales, o con decorados poco realistas, entre otros medios. No eran recursos que no se hubiesen usado antes, pero era la primera vez en la historia que todas las técnicas se concentraban en una sola obra.

teatro contemporaneo vanguardias

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En Francia, la vanguardia escénica llegó de la mano de Antonin Artaud. El actor, director y teórico teatral se opone al teatro con fines políticos o sociales, pero tampoco busca reconfortar al público. Al contrario, el teatro según Artaud debe intentar crear en el espectador una especie de alteración profunda, aunque oculta, cuyas consecuencias serán percibidas más tarde… ¿Te parece cruel? A su teoría se le denomina ‘teatro de la crueldad’ o la ‘destrucción del teatro’.

El máximo representante de la vanguardia en Italia es Luigi Pirandello, del que destaca su obra Seis personajes en busca de autor. Como en el caso de Brecht, Pirandello también persigue el distanciamiento del público, aunque no de forma narrativa, sino mediante sus personajes: enfrentando la vida real con la teatral nos recuerda que lo que está en escena no deja de ser una mentira.

Los renovadores principales de la escena española son Ramón María del Valle-Inclán y Federico García Lorca.

La dramaturgia de Valle-Inclán constituye por sí misma una revolución en la historia del teatro contemporáneo español. Ramón María es el creador del esperpento, transforma por completo la imagen aparente que tenemos de la situación para mostrarnos cómo es verdaderamente, y que tomemos conciencia de la realidad que vivimos.

En Federico García Lorca encontramos dos vertientes teatrales: una más tradicional (con dramas como Mariana Pineda o Bodas de Sangre); y una influida por los movimientos artísticos que le rodeaban, especialmente el surrealismo (con ejemplos como El público). Se diferencian no en sus temas, sino en la forma de narrarlos, aunque ambas vertientes tienen un lenguaje marcadamente lírico. Lorca defendió que “siempre ha estado el teatro en mano de los poetas”.

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‘La persistencia de la memoria’, de Salvador Dalí. La influencia de los artistas surrealistas se refleja en las obras de Lorca. Foto de Via Tsuji.

El teatro contemporáneo después de las guerras

Europa acababa de salir de dos guerras mundiales, que habían dejado a sus literatos exhaustos, escépticos con la política y desconfiados de la sinrazón humana.

De esta falta de esperanza nace el Teatro del Absurdo, que juega con el ‘humor trágico’. Las obras plantean situaciones disparatadas o hiperbólicas, pero ocultan una carga de decepción que se desvela al final. Samuel Beckett es el máximo ejemplo de esta corriente, y Esperando a Godot su obra más representativa, pero son también dignas de mención La cantante calva, de Eugène Ionesco y Pic-nic, del español Fernando Arrabal.

Teatro contemporaneo dias felices

‘Días Felices’ es otra de las obras más importantes de Samuel Beckett. En la foto, la actriz Isabel Ordaz en el montaje dirigido por Salva Bolta.

En 1956, John Osborne estrena en Inglaterra Mirando hacia atrás con ira, dando nombre a toda una generación de “jóvenes airados”. Los nuevos dramaturgos (Osborne, Arnold Wesker o Harold Pinter) son además actores y directores, vienen de clases obreras y tienen inquietudes sociales. Frente al teatro realista que se veía en Inglaterra en el circuito comercial, los jóvenes airados critican el sistema, utilizan un lenguaje crudo y suben al escenario a héroes proletarios.

En EEUU surge en esta época el realismo psicológico, con autores como Arthur Miller y Tennessee Williams. Mantienen las formas dramáticas tradicionales, pero su contenido es marcadamente realista y social. Miller describe con exactitud la vida del americano medio y su desesperada búsqueda de valores en una época de crisis. Williams, por su parte, presenta un mundo vacío y sin sentido, a través de unos personajes en conflicto con su propia identidad, como es el caso de Stanley, el personaje de Un tranvía llamado deseo que interpretó… ¡Brando! Ya ves que el teatro contemporáneo también es cíclico.

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Marlon Brando utilizó ‘el método’ aprendido en el Actor’s Studio para su papel de Stanley Kowalsky en ‘Un tranvía llamado deseo’, de Tennessee Williams.

La Guerra Civil no había dejado una situación mucho mejor en España, con muchos autores en el exilio. Entre los que se quedaron en el país, destaca Antonio Buero Vallejo. Su producción es aparentemente realista ya que muestra situaciones y ambientes cotidianos. Pero detrás de la verosimilitud se esconden símbolos que debemos desentrañar para comprender la historia plenamente. Por eso, se suele etiquetar su obra como ‘realismo simbólico’. En la obra de Buero Vallejo es constante el tema de la búsqueda de la verdad, oculta por errores cometidos en el pasado, así como el compromiso social y político.

Las nuevas vanguardias: teatro contemporáneo experimental

La segunda mitad del siglo XX vuelve a traer consigo una renovación del arte, aunque en esta ocasión su foco no está en Europa, sino en Estados Unidos. La característica principal de esta etapa es que se integran todas las artes (pintura, fotografía, música, etc.) y se rompe con la idea de que el teatro solo puede ocurrir en una sala.

Así nace la performance. Cualquier situación que involucre cuatro elementos básicos: tiempo, espacio, el cuerpo del artista y una relación entre el artista y el público puede ser considerado arte performático.

Además, en las artes escénicas, a la vieja primacía del autor y del director se impone la creación colectiva, incluyendo también al público. El happening busca que el público deje de ser espectador para ser partícipe. Para que esto pueda ocurrir, es indispensable que la obra no se presente terminada (como sí ocurre en una performance), por lo que su desarrollo depende de la improvisación.

Y como siempre, hay quien prefiere volver a lo esencial. Jerzy Grotowski, director polaco, mantiene que el teatro no puede competir con los avances tecnológicos, el cine y la televisión. Por tanto, debe elegir la pobreza de decorados o vestuarios, a favor de la riqueza física e interpretativa del actor, y de la relación establecida entre actor y espectador. Su teoría se llamó ‘teatro pobre’.

Con todo lo que estaba ocurriendo en el mundo artístico, era inevitable que surgieran nuevas voces en la dramaturgia y la dirección: Peter Brook, Bob Wilson, Els Joglars o La fura dels Baus comienzan a buscar formatos nuevos, sin atarse a ninguna teoría en particular. Sus carreras están marcadas por el eclecticismo y siguen sorprendiéndonos.

Teatro actual y coetáneo

¿Cómo puede ser que hablando de teatro contemporáneo no hayamos pasado del siglo XX? ¿Estamos anticuados? No se trata de eso. La etiqueta de teatro contemporáneo es una consideración estética en vez de cronológica. Entonces, ¿cómo denominamos a los dramaturgos contemporáneos a nosotros? En ese caso, hablamos de teatro actual o coetáneo. Aun no podemos definirlos artísticamente, pero sí tenemos la convicción de que van a dar mucho que hablar.

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