Anécdotas de acomodadores y jefas de sala en el teatro

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Parece que el momento de acceder a la sala donde vas a ver un espectáculo es muy sencillo. Llegas con tu entrada, uno de los acomodadores la revisa, te indica por dónde subir y dónde sentarte. No hay para tanto. Todo sucede con la máxima naturalidad y no te das cuenta de que detrás de ese engranaje hay un equipo de 7 personas que controla todo lo que sucede desde la puerta de los teatros hasta que tú quedas bien sentado en tu localidad. Con dos jefas de sala participé y varios acomodadores viví en primera persona todo este proceso donde nada queda a la improvisación; eso es algo que dejan para los artistas.

¿Quiénes son los acomodadores?

Una jefa de sala organiza una hora antes a los auxiliares que se ocuparán de recibir y acomodar a las 863 personas que se disponen a ver la próxima función en la Sala Roja. Media hora después es el turno de la Sala Verde, para la que realizarán el mismo acometido con otro montaje.

Con un uniforme negro, cada uno de los acomodadores es destinado a una zona: uno se colocará en la puerta, acompañado siempre por un agente de seguridad; dos en las plateas y otros dos en los anfiteatros para encargarse de mostrar los asientos a cada espectador. La jefa se quedará controlando desde la entrada. Pero nada de quedarse quieta; también se encarga de subir y ver si todo sigue su curso correctamente, de que nadie se cuele por otras escaleras, de saludar a los habituales… Entre sus tareas se encuentra también la gestión de los invitados; son pocas las compañías que se encargan de ello. Por ejemplo, los críticos de danza o de teatro son siempre situados de forma que su visibilidad sea la mejor, normalmente en pasillos centrales del patio de butacas. Es muy importante que puedan captar cada detalle, cada movimiento y oír cada palabra con claridad para que escriban sus artículos contando con toda la información posible.

¿Quiénes son los amables jóvenes que ayudan al espectador a encontrar su asiento? La jefa de sala me explica que la mayoría de los acomodadores son estudiantes universitarios muy cualificados que necesitan un dinerillo extra. No se van del teatro hasta que no se certifica que la sala está totalmente vacía tras la representación.

“Tardones y estreneros”

También están en manos de la jefa de sala los minutos de cortesía para los que llegan tarde. Aunque lo más recomendable es estar a tiempo, hay un tope de 10 minutos de retraso, según me cuentan. También se puede retrasar tres minutos, en principio, el comienzo de la función si hay mucha cola. “Lo normal es la puntualidad, hay poca gente que quiera entrar tarde”.

Además de los tardones, también conocen desde su puesto a los despistados que se equivocan de día y a los que sufren algún tipo de enfermedad repentina durante la representación. Son ellas las que tienen que avisar a la ambulancia en estos casos. “Una vez, en un espectáculo de danza, tuvimos un ataque epiléptico y dos lipotimias”, recuerdan. Ahora lo hacen hasta con la sonrisa de la anécdota dibujada, pero en la ocasión supuso un desagradable momento. También asalta su memoria aquella obra de La Fura dels Baus, Degustación de Titus Andronicus, en la que la propia compañía les advirtió de un momento determinado del montaje en el que la gente pediría agua y se marearía. Los botellines de agua corrían por la sala.

Uno de los fenómenos más curiosos a los que se enfrentan es al de los “estreneros”. Personas que se dedican a ir gratis al teatro. Sí, como lo oyen. Han encontrado la fórmula perfecta… Si tienes la suficiente cara y tiempo libre como para ponerla en marcha. Hombres y mujeres que vienen al teatro los días de estreno, sobre todo, porque saben que esa función es principalmente para invitados. Se consiguen colar tras pasarse ratos preguntando a los grupos que entran si tienen invitaciones de sobra. Van solos, siempre son los mismos y recorren muchos de los teatros madrileños en busca de esa invitación que se iba a “desperdiciar” porque a Fulanito le ha surgido un problema de última hora y no puede venir. Si no consiguen encontrar ninguna, comienzan a desesperarse y se acercan a las taquilleras y a las jefas de sala por si tienen invitaciones. “Forman parte del paisaje, algunos hasta se echan la siesta aquí”, reconocen.

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