Norma Aleandro confiesa: “Nadie imaginaba que yo sería actriz”

Norma Aleandro foto

Considerada la gran dama del teatro argentino, Norma Aleandro confiesa que a sus años no ha perdido la inocencia “ni a palos” y que parte de su alegría de vivir se basa en que sigue “llena de dudas. Eso ayuda a no dormirse en los laureles, en ninguno”. Tras su éxito interprentando a María Callas en los Teatros del Canal, quisimos pedirle que fuese también la gran dama de nuestro blog, y la intérprete bonaerense desnudó su alma ante nosotros. Os presentamos el lado más personal de Norma Aleandro.

¿Eres capaz de definir a ‘Norma Aleandro’ en 10 palabras?

A mí me cuesta mucho definirme… Hay gente que cree en la reencarnación, ¿verdad? Yo no sé si existe o no, no podemos tener la certeza. Pero de lo que sí tengo certeza es de que he vivido muchas vidas en esta vida. ¡Pero muy distintas! Y me han pasado cosas muy malas, muy buenas, muy malas que se transformaron en buenas, muy buenas que se transformaron en malas… He tenido equivocaciones, errores, aciertos míos y de otros, que me ayudaron…

Creo que me podría definir así: soy alguien que me he ido adaptando a situaciones muy difíciles.

¿Sigues algún lema?

No, me despierto siempre muy contenta, de toda la vida, y tengo por suerte un marido que es la alegría de mi vida. Nos divertimos mucho. Nunca dejé de ser -y eso sí que es parte de mi definición-  una niña; una que ha vivido muchos años, pero nunca dejo de ser una niña. Me sorprenden las cosas y me alegro de que me sorprendan.

¿Qué te llevó a elegir esta carrera como actriz?

Fíjate, siendo mis padres actores, en una casa de actores donde los que venían a casa eran actores, o directores, o escritores de teatro, donde la biblioteca que había era de teatro, nadie esperaba que yo fuera actriz.

Pero yo venía desde los seis años haciendo el Ángel en La Pasión de Cristo, con mi papá y mi mamá, en Semana Santa; tenía unas alitas y un monologuito. Y a los doce años dije: “¡No me pongo más! La bata ya me queda corta, las alas son muy chiquititas. No hago más esto, yo quiero hacer teatro”.  Y me fui a estudiar teatro y me puse a hacer teatro, además.

A esa edad en que yo decidí dedicarme al teatro, realmente no sabes dónde estás parado. Yo veía que la gente de mi edad hacía cosas, y pensaba “es como si ya  hubieran vivido esta vida…”.  ¡Yo no tenía ni idea! Me costó mucho adaptarme a la vida del mundo, al devenir social de la vida. Así que dije: “Bueno, actriz. Mis padres son actores, esto lo voy a poder aprender…”.

La primera maestra que tuve en una escuela de teatro me dijo que no servía como actriz. Era una maestra francesa que habían traído; todo el mundo estaba enloquecido con ella, fue la primera que trajo las improvisaciones a la Argentina…  Yo era la más chiquita de la clase, imagínate, a los 12 años y medio como tenía, el resto eran chicos y chicas de 17 y 18 que ni me miraban, y para mí eran como viejos ya… Cuando me dijo eso, tuve ganas de suicidarme. Yo pensaba, “si yo no sé hacer nada, no sé hacer otra cosa…”.

No tuve tampoco una dirección que me llevara hacia otras disciplinas. Después, de grande, fui leyendo y aprendiendo por mi cuenta: Me interesan muchas cosas además de la literatura (que me interesa profundamente): me interesa la física matemática, por ejemplo, me interesa la antropología… Pero en ese momento no tenía idea de eso, si no, a lo mejor hubiera seguido por ese camino, no lo sé.

¿Hay alguien que crees que te ha inspirado especialmente?

¡Sí, mucha gente! Había una actriz española con la que empecé en teatro a los trece -todavía iba yo a estas clases que te conté, no con la misma profesora que me dijo que no servía, sino con otros profesores-, que se llamaba Ana Lasalle.

Lasalle se había marchado de aquí, como tantos españoles, como mis padres, por la Guerra Civil. Yo aprendía mucho con ella, mirándola entre bastidores. Era muy graciosa, y me conocía desde chiquita -como me pasaba con otros actores que me decían “te he tenido en brazos”, ¡y era verdad!-.

Llegábamos muy temprano al teatro, y yo me iba al camarín de ella, a charlar. Siempre quería que le contara qué hacía en las clases. No entendía que hubiera clases de teatro, porque los actores de entonces se hacían en el escenario. Un día, recuerdo que le dije: “pues hoy hice de árbol. Era una semilla, y después fui creciendo y creciendo…”. Le conté todo, y lo iba interpretando, y ella me miraba con los ojos redondos… Cuando terminé me dijo: “¿Pero cuándo vas a hacer tú de árbol en el teatro? ¿Qué personaje de árbol vas a tener? ¿Qué te están haciendo?”.

Ana Lasalle era una mujer encantadora, que terminó yéndose en gira, quedándose sin dinero en México, conociendo a Fidel Castro y a su gente, y se fue con ellos a Cuba. Hizo la revolución cubana y se quedó como comandante para siempre en Cuba. Dejó el teatro, dejó todo, y era una comandante más. Era un ser muy particular. Había empezado aquí, como bailarina en el Teatro Maravillas. Y era una gran actriz.

Aprendí mucho de ella, aprendí mucho de muchísimos actores y actrices; y de mi madre y mi padre, ni te cuento…

¿Alguna vez hiciste algo y juraste que no lo volverías a hacer?

Sí. Muchas veces, para subsistir, he hecho en televisión cosas que no valían la pena. Y por más que trataba de hacerlas lo mejor posible, igual no valían la pena. Me juré que el día que pudiera pagar la luz, el gas, el teléfono y el alquiler… Tenía un hijo, que lo llevaba yo sola adelante, así que no podía darme el lujo de elegir. Cuando pude darme ese lujo, nunca dejé de dármelo. Incluso ajustándome en lo que podía. Mi hijo, cuando era un poquito más grandecito, pero pequeño todavía, me decía, “no te preocupes que las zapatillas me queden chicas, mamá, porque todavía duran, no te preocupes…”. Pero traté, apenas pude pagar eso, de salir adelante sin hacer cosas que no me gustaban.

¿Cuál es el ritual de Norma Aleandro antes de salir a escena?

Norma Aleandro en Master Class

Norma Aleandro en una escena de ‘Master Class’

El ritual es: voy temprano, pero me desentiendo de lo de afuera. Saludo a los compañeros y caliento un poco la voz, nada, cantando un poquito, diciendo ma-me-mi-mo-mu. Y antes de entrar a escena, me santiguo. Nada más.

¿Y al salir?

No. (Risas)

¿En qué dirías que has cambiado desde que empezaste?

Primero me descomponía, antes de empezar las obras… Iba muy temprano al teatro porque me descomponía, de nervios, de susto. Y ahora ya no, para nada. He cambiado mucho en eso.

También es porque no estreno hasta que no estoy segura. Tengo la posibilidad de ponerme de acuerdo con la producción de que, hasta que la cosa no esté como para mostrarla, no la mostremos. Antes tampoco tenía esa posibilidad. Pero aunque hubiera ensayado meses, igual hubiera salido enferma de nervios.

He cambiado mucho, también, en la forma de abordar los personajes. Creo que me meto en otras profundidades. También te ayuda la vida, y el conocimiento y la observación de la vida, para trabajarlos de otra manera.

¿Cómo superaste el pánico escénico?

El pánico escénico no sé si se supera…  Yo nunca tuve “pánico” escénico,  con el pánico escénico realmente entras en shock y no te puedes mover, te tienen que sacar de ahí… Yo he conocido gente con mucho talento a la que le dio pánico escénico, y muy difícilmente la gente que ha sufrido pánico escénico vuelve.

No, esto era miedo a que no me saliera bien; miedo a olvidarme la letra; miedo a equivocarme; miedo a no tener el volumen de voz que se necesitaba, y que yo ya había ensayado, pero cuando uno se pone nervioso va bajando la voz, va bajando el volumen… En fin, tenía miedo porque yo estaba muy insegura de mí misma, como actriz y como Norma Aleandro persona; en todos los sentidos. No es que ahora sea una persona segura absolutamente, pero ya no me da miedo porque me da mucho placer estar en el escenario. El cambio este es grande. Me da mucho placer.

¿Cómo se ve Norma Aleandro dentro de 15 años?

Si es que vivo, trabajando. Cuando uno hace lo que le gusta, no es trabajo, es un privilegio. La mayoría de la gente, para subsistir tiene que hacer lo que no le gusta. Lo nuestro es un privilegio para agradecer.

Esperamos que así sea, y que nos queden muchos años de clases magistrales con Norma Aleandro.

 

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